Sus ojos me miraban, sin dar tregua, sin ceder, sin parpadear. Era hipnotizante observar el ritmo con el que este engendro se desarrollaba, de una vaga idea a una acción. Yo aun lo veía fijamente cuando se encarno en él, esa idea viviente que hospedaba se había apoderado de su ser. Ahora era capaz de hacer su voluntad, y aun así pasar desapercibido dentro de la multitud.
Este Descendiente del Estrago es ahora uno más de nosotros...

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