Estaba sentado en la barra del bar, con una botella de whiskey vacía y un vaso a la mitad. El cenicero lleno de colillas aún humeaba cuando se levantó. De un trago consumió, completo, el contenido del vaso; tomo su chaqueta, canceló su deuda, y se apresuró a salir.
Era un día húmedo de invierno, frío y gris, el reloj en su muñeca marcaba las tres con quince cuando salió de aquel oscuro sitio en el que se encontraba masajeando su cerebro con alcohol. Deseaba ahogar esa idea suicida que le atormentaba, la necesidad de acabar con este sufrimiento mundano. Corrió hacia la plaza, desde donde tomó un taxi.
-Hacia el puente- le dijo -tengo algo de prisa.
Su interlocutor extrañado le pregunto ¿Cuál?, a lo que respondió, cualquiera.
Diez minutos después le daba al taxista todo el dinero de su bolsillo y le pedía que se fuera, el taxista sonrió y le dijo:
-La necesidad humana está llena de vacíos imposibles de llenar. No trate de llenarlos con alcohol, dinero ni muerte.
El taxista se refería a aquellos nichos que el ser humano pasa toda su vida tratando de llenar, sin darse cuenta que están llenos, cegado por la codicia, la vanagloria o la lujuria. Convirtiéndose en criaturas inconscientes. El taxista después de decir esto, se retiró.
Él caminó hacia la mitad del puente, contempló por un rato la caída y se imaginó varias veces su final. Se encontró frente a frente con él mismo. Apuntó la vista a su reloj de muñeca, marcaba las tres con quince.
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